domingo, 22 de noviembre de 2020

Manipulación de las redes sociales, hackeo a nuestras mentes.

Hace un tiempo estaba en una cafetería, en otra mesa una mujer con su hijo de cinco años. Ella estaba completamente capturada por su celular, mientras su hijo la miraba. Tal vez otro niño hubiera hecho mil cosas para llamar su atención, pero este niño no, esperó un buen rato, finalmente se paró de su silla, fue detrás de su madre y empezó acariciarle el pelo. Intentó convocarla con caricias durante varios minutos y ella en ningún momento se dio cuenta de lo que estaba pasando, fue entonces que me invadieron las preguntas, ¿Cuantas veces he estado yo en la misma situación sin siquiera darme cuenta? ¿Qué nos está pasando? ¿Por qué vivimos obsesionados por nuestras pantallas?

Hoy desbloqueamos el celular 150 veces al día aproximadamente, esto es una vez cada seis minutos durante el tiempo que pasamos despiertos. Decidí investigar sobre el tema y llegué a una conclusión que me impactó, lo que nos está pasando con la tecnología no es casualidad.

La Universidad de Stanford está ubicada en el corazón de Silicon Valley, la cuna de las mayores empresas tecnológicas del mundo. Ahí tiene su sede el laboratorio de Tecnología Persuasiva, donde investigadores brillantes trabajan para ver como usar las páginas web y las aplicaciones móviles que utilizamos para manipular lo que pensamos y lo que hacemos.

Intentar persuadir a los demás, no es novedoso, pero los dispositivos digitales y el enorme volumen de información personal acumulado acerca de nosotros, a partir de nuestra actividad online, están creando una vía nueva de manipular nuestros pensamientos y acciones aprovechando las vulnerabilidades de la mente, detectadas por la economía del comportamiento, la psicología y la neurociencia. Por ejemplo, los intentos por manipular elecciones, la proliferación de noticias falsas, en la orbita personal padres que no ven a sus hijos y al revés, reuniones donde cada uno está más preocupado por lo que pasa en su pantalla que por lo que pasa a su alrededor, una dificultad cada vez más grande para concentrarnos.

Este fenómeno empezó con la tentativa inicial de que todo en internet tenía que ser gratuito. Un grupo de compañías tuvo que encontrar la manera de ganar dinero sin cobrarle a los usuarios. Lo primero que hicieron fue poner publicidad y empezar a cobrarle a los anunciantes, después empezaron a recopilar este montón de datos personales para segmentar el mensaje que desean transmitirnos a cada uno, finalmente  para aumentar sus ganancias cada compañía necesita que pasemos más y más tiempo en su plataforma, así nació el hackeo de nuestra atención. Cuando el producto que las empresas venden es tu atención, todos compiten contra todos, Facebook compite contra otra red social como Twitter, pero también compite con productos diferentes como youtube, Netflix o Fortnite, cada segundo que no estás ahí hipnotizado es tiempo que ellos no pueden vender a sus anunciantes, por eso utilizan notificaciones visuales y sonoras y todo tipo de trucos para distraerte de cualquier cosa que estés haciendo, inclusive cuando estás usando las demás plataformas.

El primer presidente de Facebook se convirtió hace tiempo en un arrepentido, en una presentación contó que él y Mark Zuckenberg eran absolutamente conscientes al desarrollar una plataforma para explotar vulnerabilidades de nuestra mente y así maximizar el efecto adictivo. El no fue el único en reconocer el uso de estos mecanismos abusivos, recientemente el fundador de Netflix declaró que su mayor enemigo es el sueño, su meta es que durmamos menos, para que pasemos mas tiempo mirando series. 

Vender los productos que no nos hacen bien tampoco es nuevo, pero al menos los ejecutivos de compañías como las tabacaleras actuaban a la defensiva. El fundador de Netflix no tiene vergüenza en decirnos de frente que su compañía está dispuesta a inducirnos hábitos totalmente contrarios a nuestra salud con tal de ganar dinero. Para alcanzar estos fines, necesitan de nuestra ingenuidad. Cuando vamos a comprar un producto, por ejemplo, un par de zapatos, tenemos cierta desconfianza, nos preguntamos cosas como ¿Estarán cómodos? ¿Tendrán buena calidad? ¿Estaré pagando un precio razonable? Pero cuando el producto es gratis, bajamos la guardia, si el producto es gratis tendríamos que desconfiar mucho más todavía, ¿Por qué querría una gran empresa multinacional incurrir en los enormes costos de desarrollar una red social, una plataforma de vídeos, un sistema de correo electrónico, para que lo usemos gratis? Nada es gratis en el mundo empresarial, si no estamos pagando con dinero, ¿De qué otra manera estaremos pagando?

Un área de manipulación especialmente sensible es la autoestima, el creciente uso de fotos y videos como lenguaje principal en las redes, le da una importancia absurda y desproporcionada al aspecto estético y el aspecto físico por sobre todas las demás dimensiones de nuestra persona, frente a los ojos de los demás y por lo tanto de nosotros mismos, es aquí donde las redes aprovechan la fascinación que nos causa espiar las vida ajenas e impactar a los demás con nuestra propia imagen para mantenernos indefinidamente cautivados, más aún, dado que cada uno de nosotros comparte contenido muy poco espontaneo de los momentos mas destacados de nuestro día  y convenientemente editado para que parezca mucho mejor de lo que fue, cuando después vamos en el transporte colectivo, aburridos, mirando una red social, resulta inevitable que tengamos la errónea sensación de que somos los únicos que tenemos una vida común mas llena de obligaciones y percances, que de risas y puestas de sol. Es inevitable que la comparación contra estos falsos ideales nos deje desilusionados respecto de nuestra propia vida.

La decisión de a quién seguimos y qué mostramos es clave para romper los efectos de este espejo distorsionado. Sí bien es cierto que había personas más populares y otros más retraídos, de alguna manera esto está implícito, hoy se mide y está a la vista de todos, los me gusta, y la cantidad de seguidores son la moneda en la que hoy se comercia la aceptación social. Y cada acto queda sujeto a la cantidad de me gusta que recibe. Como resultado empezamos a vivir la vida para mostrarla, no para disfrutarla. Ese es el pantano narcisista en el que las redes sociales nos metieron y del que curiosamente no queremos salir.

El deseo de encontrar a alguien a quien amar y ser amados nos deja en una posición especialmente vulnerables. Hace un tiempo leí que la Secretaria de defensa del Consumidor de E.U., demandó a la mayor empresa mundial de citas, los acusa de aprovecharse de la desesperación de quienes no están pudiendo encontrar pareja para permitir que sean contactados de perfiles falsos, invitarlos a pagar para entrar en contacto con estas persona inexistentes que después jamás devolverán sus mensajes, ¿Realmente vale todo para retenernos como usuarios y quedarse con nuestros dinero?

Frente a esto, hay algunas personas que dicen: Después de todo, es lo mismo de siempre, en los años 40 el villano era la radio, en los 60 era la televisión, en los 80 los videojuegos y ahora es esto, para Sócrates el villano era la escritura, siempre hay algo que los mayores demonizan simplemente porque es nuevo, sin embargo, esta vez es distinto, porque si bien por inercia, seguimos llamando teléfono celular a la súper computadora ultra liviana que cada uno lleva consigo, este aparato es todo, no solo es todo, está con nosotros en todo lugar y en todo momento, ofreciendo la promesa de un flujo ilimitado de contenido capaz de llenar el vacío de cada instante de nuestra vida y sin embargo, en esta era de hipercomunicación, los estudios muestran que la cantidad de gente que se siente sola jamás fue tan alta como ahora, no hay peor soledad que la soledad rodeado de gente.

¿Qué hacemos entonces? ¿Abandonamos los celulares y damos de baja las redes sociales? No, no hace falta llegar a tanto, las ventajas de la vida conectada son demasiado grandes como para renunciar a ellas, aquí el detalle es que estamos en una posición desigual, entre compañías multinacionales  y usuarios que actuamos con ingenuidad, firmamos un contrato escrito por la otra parte sin siquiera poder leer ni saber que firmamos. Para nivelar ese problema, necesitamos entender como funcionan estos mecanismos para defendernos de la manipulación. 

Ahora ya sabes, cada que utilices una aplicación "gratuita", preguntate cómo es que hace esa compañía para ganar dinero, qué tipo de información estamos dando a cambio, de qué manera están induciéndote para obtener esos datos. Por ejemplo, la próxima vez que uses una aplicación de citas, ten presente que el negocio de esa compañía es que busques, no que encuentres. 

Los dispositivos y las redes sociales nos mantienen ensimismados, distraídos, impacientes y enfocados en el consumo pasivo, pero no tienen que ser así, es momento de abandonar la ingenuidad y lanzar la contraofensiva, podemos recuperar el control de nuestra vida para aprovechar los beneficios de la tecnología, sin quedar atrapados en ella, aprovecharlo para crear, no solo de consumir, usarla para crear experiencias compartidas en vez de quedar cada uno encerrado en su propia pantalla. 

En definitiva, el desafío es poner las plataformas y los dispositivos al servicio de la vida que queremos vivir, no de la vida que otros necesitan que vivamos.

  

Fuente: Santiago Bilinskis, 27 de noviembre de 2019, Cómo nos manipulan las redes sociales.

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